martes, 21 de abril de 2020

2. CRÍTICA A LA FILOSOFÍA OCCIDENTAL


  
La filosofía occidental ha quedado corrompida —según Nietzsche— desde Sócrates y Platón. Sócrates hizo triunfar a la razón contra la vida, a Apolo sobre Dioniso; Platón, por su parte, creó otro mundo desvalorizando éste (ilusión del «mundo verdadero»), al mismo tiempo que «inventó el espíritu puro y el bien en sí». 
La muerte de Sócrates, L. David


Ahora bien, para Nietzsche, «en el filósofo nada, absolutamente nada es impersonal», y toda verdad filosófica no hace sino revelar un instinto, un temor o un deseo inconfesados. ¿Qué se esconde detrás del «idealismo» de Sócrates y de Platón (y, por tanto, en toda la metafísica occidental)? El espíritu de decadencia, el odio a la vida y al mundo, el temor al instinto:

«El fanatismo con que la reflexión griega entera se lanza a la racionalidad delata una situación apurada: se estaba en peligro, se tenía una sola elección: o bien perecer o bien ser absurdamente racionales... El moralismo de los filósofos griegos a partir de Platón tiene unos condicionamientos patológicos; y lo mismo su aprecio de la dialéctica. Razón = virtud = felicidad significa, simplemente: hay que imitar a Sócrates e implantar de manera permanente, contra los apetitos oscuros, una luz diurna —la luz diurna de la razón—. Hay que ser inteligentes, claros, lúcidos a cualquier precio; toda concesión a los instintos, a lo inconsciente, conduce hacia abajo... [...] Lo que ellos escogen como remedio, como salvación, no es, a su vez, más que una expresión de la décadence. [...] La luz diurna más deslumbrante, la racionalidad a cualquier precio, la vida lúcida, fría, previsora, consciente, sin instinto, en oposición a los instintos, todo esto era sólo una enfermedad distinta y, en modo alguno, un camino de regreso a la virtud, a la «salud», a la felicidad. Tener que combatir los instintos, ésa es la fórmula de décadence, mientras la vida asciende, la felicidad es igual a instinto». (Crepúsculo de los ídolos, El problema de Sócrates»)

Nietzsche no perdona casi nada a la filosofía occidental. Todo lo que los filósofos han venido manejando desde hace milenios son “momias conceptuales”; de sus manos no salió nada real.




a)    La crítica a la gnoseología occidental.

Para la cultura europea conocer consistía en alcanzar la verdadera realidad que se escondía detrás de las apariencias. Ya desde tiempos de Platón la gnoseología occidental siempre ha identificado dos planos diferentes de conocimiento. Por un lado, estaría el mundo sensible que percibimos por los sentidos; y, por otro lado, tendríamos el mundo inteligible y verdadero que sólo se puede captar mediante la razón. Mientras el mundo sensible es considerado como cambiante, confuso y engañoso, el mundo inteligible es eterno e imperecedero porque él es la auténtica realidad.
PLATÓN
Esta visión del conocimiento considera que la Razón es la que unifica y dota de significado al testimonio de los sentidos. Esto es posible mediante el uso de conceptos que permiten unificar nuestras percepciones sensoriales para hacerlas manejables y comprensibles. Es decir, según la teoría tradicional filosófica todo cuanto vemos, oímos o tocamos es procesado por nuestra racionalidad e interpretado mediante conceptos que, además, podemos combinar mediante Entendimiento (Kant). Esta manera de interpretar el conocimiento como una búsqueda de conceptos que nos permiten entender y manejar la realidad está presente en el planteamiento de todos los filósofos que conforman la historia del pensamiento de occidente.
Este enfoque es también el de la ciencia moderna que trata de expresar las leyes de la naturaleza empleando fórmulas matemáticas. El uso de los conceptos parece igualmente indispensable para nuestra vida cotidiana, al igual que para la filosofía o para la ciencia. ¿Cuál es entonces el problema que aprecia Nietzsche en esta forma de entender lo que es el conocimiento?
Desde luego Nietzsche estaba de acuerdo en reconocer que los conceptos son instrumentos útiles y eficaces para manejarnos en el mundo. El problema no está en usarlos sino en creer que sus conceptos nos abren el acceso a una dimensión superior de la realidad, más auténtica y verdadera que la que podemos percibir con los sentidos. Nietzsche negaba la existencia real de ese ámbito supremo en que residen los conceptos. Para él no hay más que un mundo que es el que podemos percibir con los sentidos. Este mundo sensible, el único que existe, en efecto es múltiple y cambiante tal y como afirmaba Heráclito en su filosofía del devenir. Pues no es la Razón sino la intuición (percepción) la que nos permite percibir de forma directa esta realidad sensible formada por individuos particulares y concretos en continua transformación. Los conceptos racionales fueron inventados precisamente para tratar de contener de alguna manera el vértigo que nos produce ese imparable y continuo cambio. Así pues, para Nietzsche occidente ha interpretado el conocimiento como una búsqueda de los conceptos que pueden expresar la esencia permanente inmutable de la realidad. Frente a esta teoría Nietzsche defiende el valor de una forma alternativa de conocimiento que no niega el devenir y que presta atención a las cosas en su individualidad singular e irrepetible.

b) El Concepto y Metáfora.

Para entender el modo en que occidente ha sobrevalorado los conceptos hace falta investigar acerca de sus orígenes. ¿Cómo nace un concepto? ¿De dónde provienen los términos que empleamos para describir el mundo que no rodea? Nietzsche creía que el origen de los conceptos está ligado al uso de la metáfora y al intento de encontrar una manera sorprendente y original para describir algún aspecto de la realidad. Esa metáfora, cuando fue propuesta por primera vez, actuó como una imagen insospechada capaz de iluminar de forma novedosa lo que estaba nombrando. Así pues, en nuestra manera de referirnos al mundo late escondida una profunda dimensión de creatividad poética. Sin embargo, si estas metáforas se emplean repetidamente, acaban por perder el brillo que tenían cuando fueron propuestas por primera vez. El término deja de sorprendernos y acabamos por olvidar que un día fue un original y sugerente metáfora. Con el uso rutinario, la metáfora fosilizada —como una moneda que ha perdido su cuño— puede acabar por convertirse en uno de estos conceptos con los que nos parece estar describiendo un ámbito de realidades inmutables y la dimensión trascendente de la realidad. Como vemos, la creencia en ese presunto espacio supremo y eterno surge más bien como consecuencia del modo en que usamos las palabras cuando nos olvidamos de su origen poético y cuando les otorgamos un valor de verdad absoluta que estaban muy lejos de tener el día en que fueron inventadas.
Resumiendo: Nietzsche Defendía que los conceptos no son más que residuos de metáforas que una vez sirvieron para referirse de manera creativa a la realidad, pero que con el uso han perdido su brillo y se han llegado confundir con términos capaces de describir la auténtica realidad.
Por ello es comprensible que Nietzsche ataque violentamente los principales conceptos metafísicos y los denuncie como engaños gramaticales o del lenguaje. El peor de todos ellos es el concepto de «ser», una ficción vacía. Igualmente rechaza los conceptos de "yo” (Descartes), "Cosa en sí” (Kant), “substancia”, “causa”, etc. En definitiva, el supremo error de la metafísica es haber admitido un «mundo verdadero» frente a un «mundo aparente», cuando sólo este último es el real. La historia de la filosofía puede ser narrada, pues, como una historia de la liberación del fantasma del «mundo verdadero».

c)    La verdad pragmática nietzscheana: el perspectivismo.

Nietzsche, finalmente, como resultado de su crítica a la gnoseología tradicional, modifica el concepto de verdad. No sólo su pensamiento es un fenomenismo (el fenómeno, o la apariencia, es todo lo que hay), sino que no admite «verdades en sí». Una verdad «en sí» —dice— es algo tan absurdo como un «sentido en sí». Una verdad es «verdadera» por su valor pragmático (pragmatismo): la «voluntad de verdad» no es sino «voluntad de poder»: es verdad lo que aumenta el poder, lo que sirve a la vida. Y contra el dogmatismo metafísico, Nietzsche defiende un perspectivismo: «no hay hechos, sino interpretaciones (Auslegungen)»; «no hay cosas en sí, sino perspectivas (Perspektiven)». La pregunta: ¿Qué es esto?, no es sino la pregunta: ¿Qué es esto para mí? Y la perspectiva es ya una valoración (hecha por la Voluntad de Poder).

«El espíritu humano no puede hacer otra cosa que verse a sí mismo en sus propias perspectivas. Nos es imposible salirnos de nuestro ángulo visual. […] El mundo se ha vuelto por segunda vez infinito para nosotros, ya que no podemos refutar la posibilidad de que sea susceptible de interpretaciones infinitas (La gaya ciencia, n. 374).

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