La filosofía occidental ha quedado corrompida —según
Nietzsche— desde Sócrates y Platón. Sócrates hizo triunfar a la razón contra la
vida, a Apolo sobre Dioniso; Platón, por su parte, creó otro mundo
desvalorizando éste (ilusión del «mundo verdadero»), al mismo tiempo que
«inventó el espíritu puro y el bien en sí».
Ahora bien, para Nietzsche, «en el filósofo nada, absolutamente nada es impersonal», y toda verdad filosófica no hace sino revelar un instinto, un temor o un deseo inconfesados. ¿Qué se esconde detrás del «idealismo» de Sócrates y de Platón (y, por tanto, en toda la metafísica occidental)? El espíritu de decadencia, el odio a la vida y al mundo, el temor al instinto:
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| La muerte de Sócrates, L. David |
Ahora bien, para Nietzsche, «en el filósofo nada, absolutamente nada es impersonal», y toda verdad filosófica no hace sino revelar un instinto, un temor o un deseo inconfesados. ¿Qué se esconde detrás del «idealismo» de Sócrates y de Platón (y, por tanto, en toda la metafísica occidental)? El espíritu de decadencia, el odio a la vida y al mundo, el temor al instinto:
«El fanatismo
con que la reflexión griega entera se lanza a la racionalidad delata una
situación apurada: se estaba en peligro, se tenía una sola elección: o bien
perecer o bien ser absurdamente racionales... El moralismo de los filósofos
griegos a partir de Platón tiene unos condicionamientos patológicos; y lo mismo
su aprecio de la dialéctica. Razón = virtud = felicidad significa, simplemente:
hay que imitar a Sócrates e implantar de manera permanente, contra los apetitos
oscuros, una luz diurna —la luz diurna de la razón—. Hay que ser inteligentes,
claros, lúcidos a cualquier precio; toda concesión a los instintos, a lo
inconsciente, conduce hacia abajo... [...] Lo que ellos escogen como remedio,
como salvación, no es, a su vez, más que una expresión de la décadence. [...]
La luz diurna más deslumbrante, la racionalidad a cualquier precio, la vida
lúcida, fría, previsora, consciente, sin instinto, en oposición a los
instintos, todo esto era sólo una enfermedad distinta y, en modo alguno, un
camino de regreso a la virtud, a la «salud», a la felicidad. Tener que combatir
los instintos, ésa es la fórmula de décadence, mientras la vida asciende, la felicidad
es igual a instinto». (Crepúsculo de los ídolos, El problema de Sócrates»)
Nietzsche no perdona casi nada a la filosofía
occidental. Todo lo que los filósofos han venido manejando desde hace milenios
son “momias conceptuales”; de sus manos no salió nada real.
a) La crítica a la
gnoseología occidental.
Para la cultura europea conocer
consistía en alcanzar la verdadera realidad que se escondía detrás de las apariencias.
Ya desde tiempos de Platón la gnoseología occidental siempre ha identificado
dos planos diferentes de conocimiento. Por un lado, estaría el mundo sensible
que percibimos por los sentidos; y, por otro lado, tendríamos el mundo
inteligible y verdadero que sólo se puede captar mediante la razón. Mientras el
mundo sensible es considerado como cambiante, confuso y engañoso, el mundo
inteligible es eterno e imperecedero porque él es la auténtica realidad.
Esta
visión del conocimiento considera que la Razón es la que unifica y dota de
significado al testimonio de los sentidos. Esto es posible mediante el uso de
conceptos que permiten unificar nuestras percepciones sensoriales para hacerlas
manejables y comprensibles. Es decir, según la teoría tradicional filosófica
todo cuanto vemos, oímos o tocamos es procesado por nuestra racionalidad e
interpretado mediante conceptos que, además, podemos combinar mediante Entendimiento
(Kant). Esta manera de interpretar el conocimiento como una búsqueda de
conceptos que nos permiten entender y manejar la realidad está presente en el
planteamiento de todos los filósofos que conforman la historia del pensamiento de
occidente.
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| PLATÓN |
Este enfoque es también el de la ciencia
moderna que trata de expresar las leyes de la naturaleza empleando fórmulas
matemáticas. El uso de los conceptos parece igualmente indispensable para
nuestra vida cotidiana, al igual que para la filosofía o para la ciencia. ¿Cuál
es entonces el problema que aprecia Nietzsche en esta forma de entender lo que
es el conocimiento?
Desde luego Nietzsche estaba de acuerdo
en reconocer que los conceptos son instrumentos útiles y eficaces para manejarnos
en el mundo. El problema no está en usarlos sino en creer que sus conceptos nos
abren el acceso a una dimensión superior de la realidad, más auténtica y verdadera
que la que podemos percibir con los sentidos. Nietzsche negaba la existencia
real de ese ámbito supremo en que residen los conceptos. Para él no hay más que
un mundo que es el que podemos percibir con los sentidos. Este mundo sensible,
el único que existe, en efecto es múltiple y cambiante tal y como afirmaba Heráclito
en su filosofía del devenir. Pues no es la Razón sino la intuición (percepción)
la que nos permite percibir de forma directa esta realidad sensible formada por
individuos particulares y concretos en continua transformación. Los conceptos
racionales fueron inventados precisamente para tratar de contener de alguna
manera el vértigo que nos produce ese imparable y continuo cambio. Así pues,
para Nietzsche occidente ha interpretado el conocimiento como una búsqueda de
los conceptos que pueden expresar la esencia permanente inmutable de la
realidad. Frente a esta teoría Nietzsche defiende el valor de una forma
alternativa de conocimiento que no niega el devenir y que presta atención a las
cosas en su individualidad singular e irrepetible.
b)
El Concepto y Metáfora.
Para entender el modo en que occidente
ha sobrevalorado los conceptos hace falta investigar acerca de sus orígenes.
¿Cómo nace un concepto? ¿De dónde provienen los términos que empleamos para
describir el mundo que no rodea? Nietzsche creía que el origen de los conceptos
está ligado al uso de la metáfora y al intento de encontrar una manera
sorprendente y original para describir algún aspecto de la realidad. Esa
metáfora, cuando fue propuesta por primera vez, actuó como una imagen
insospechada capaz de iluminar de forma novedosa lo que estaba nombrando. Así pues,
en nuestra manera de referirnos al mundo late escondida una profunda dimensión
de creatividad poética. Sin embargo, si estas metáforas se emplean
repetidamente, acaban por perder el brillo que tenían cuando fueron propuestas
por primera vez. El término deja de sorprendernos y acabamos por olvidar que un
día fue un original y sugerente metáfora. Con el uso rutinario, la metáfora
fosilizada —como una moneda que ha perdido su cuño— puede acabar por
convertirse en uno de estos conceptos con los que nos parece estar describiendo
un ámbito de realidades inmutables y la dimensión trascendente de la realidad.
Como vemos, la creencia en ese presunto espacio supremo y eterno surge más bien
como consecuencia del modo en que usamos las palabras cuando nos olvidamos de
su origen poético y cuando les otorgamos un valor de verdad absoluta que
estaban muy lejos de tener el día en que fueron inventadas.
Resumiendo: Nietzsche Defendía que los
conceptos no son más que residuos de metáforas que una vez sirvieron para
referirse de manera creativa a la realidad, pero que con el uso han perdido su
brillo y se han llegado confundir con términos capaces de describir la
auténtica realidad.
Por ello es
comprensible que Nietzsche ataque violentamente los principales conceptos metafísicos
y los denuncie como engaños gramaticales o del lenguaje. El peor de todos ellos
es el concepto de «ser», una ficción vacía. Igualmente rechaza los conceptos de
"yo” (Descartes), "Cosa en sí” (Kant), “substancia”, “causa”, etc. En
definitiva, el supremo error de la metafísica es haber admitido un «mundo
verdadero» frente a un «mundo aparente», cuando sólo este último es el real. La
historia de la filosofía puede ser narrada, pues, como una historia de la
liberación del fantasma del «mundo verdadero».
c)
La verdad pragmática nietzscheana: el
perspectivismo.
Nietzsche,
finalmente, como resultado de su crítica a la gnoseología tradicional, modifica
el concepto de verdad. No sólo su pensamiento es un fenomenismo (el fenómeno, o
la apariencia, es todo lo que hay), sino que no admite «verdades en sí». Una
verdad «en sí» —dice— es algo tan absurdo como un «sentido en sí». Una verdad
es «verdadera» por su valor pragmático (pragmatismo): la «voluntad de verdad»
no es sino «voluntad de poder»: es verdad lo que aumenta el poder, lo que sirve
a la vida. Y contra el dogmatismo metafísico, Nietzsche defiende un
perspectivismo: «no hay hechos, sino interpretaciones (Auslegungen)»; «no hay
cosas en sí, sino perspectivas (Perspektiven)». La pregunta: ¿Qué es esto?, no
es sino la pregunta: ¿Qué es esto para mí? Y la perspectiva es ya una
valoración (hecha por la Voluntad de Poder).
«El espíritu
humano no puede hacer otra cosa que verse a sí mismo en sus propias
perspectivas. Nos es imposible salirnos de nuestro ángulo visual. […] El mundo
se ha vuelto por segunda vez infinito para nosotros, ya que no podemos refutar
la posibilidad de que sea susceptible de interpretaciones infinitas (La gaya
ciencia, n. 374).


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