2. El eterno retorno.
Según Nietzsche, éste es el tema clave de Zaratustra
(especialmente de su Tercera parte). El tema está tomado de la mitología y de
los presocráticos, pero en Nietzsche apenas si tiene sentido cosmológico. Sin
embargo, en su último libro titulado La voluntad de poder intenta
refutar la concepción lineal y teleológica del Universo: «Si el Universo
tuviese una finalidad, ésta debería haberse alcanzado ya. Y si existiese para
él un estado final, también debería haberse alcanzado». De este modo, Nietzsche
afirma que no hay más mundo que éste, negando así el «transmundo» platónico y
el «otro mundo» cristiano. Este es nuestro único mundo, y toda huida a otro
mundo es una pérdida de la realidad. Por tanto, hay que permanecer «fieles a la
tierra»;
«¡Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a
la tierra, y no creáis a quienes os hablan de esperanzas sobreterrenales! Son
envenenadores, lo sepan o no. En otro tiempo, el delito contra Dios era el
máximo delito, pero Dios ha muerto y con El han muerto también esos
delincuentes. iAhora lo más horrible es delinquir contra la tierra y apreciar
las entrañas de lo inescrutable más que el sentido de aquélla! En otro tiempo
el alma miraba al cuerpo con desprecio: y ese desprecio era entonces lo más
alto: el alma quería el cuerpo flaco, feo, famélico. Así pensaba escabullirse
del cuerpo y de la tierra» (Así habló Zaratustra, Pról., pp. 34-35).
El «eterno retorno» adquiere, entonces, un sentido
axiológico (estimativo o valorativo): es la suprema formula de la fidelidad a la tierra, del «sí» a la
vida y al mundo que pronuncia la voluntad de poder. Y Zaratustra es,
justamente, «el profeta del Eterno Retorno». En esta fórmula une Nietzsche
simultáneamente dos afirmaciones: 1) el valor o la «inocencia» del devenir y la
evolución (a favor de Heráclito y contra el platonismo); 2) el valor de la vida
y la existencia (contra cualquier doctrina pesimista). El eterno retorno
simboliza, en su eterno girar, que este mundo es el único mundo (una historia
lineal conduce hacia «otro» mundo); además afirma que todo es bueno y
justificable (puesto que todo debe repetirse). La imagen de un mundo que gira
sobre sí mismo, pero que no avanza —como una peonza—, es la imagen de un alegre
juego cósmico, de una canción de aceptación de sí mismo, de bendición de la
existencia. Nietzsche presenta a Zaratustra como un «danzarín».
La fórmula del eterno retorno expresa, pues, el
deseo de que todo sea eterno, «el amor fati [amor al destino]: el no
querer que nada sea distinto, ni en el pasado, ni en el futuro, ni por toda la
eternidad» (ibid., p. 54). De este modo, la filosofía de Nietzsche se convierte
en una filosofía afirmativa, a pesar de aparecer, tan frecuentemente, como una
filosofía que sólo sabe decir «no» (sólo dice «no» a lo que Nietzsche considera
negativo y destructivo).
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