miércoles, 29 de abril de 2020


2. El eterno retorno.

Según Nietzsche, éste es el tema clave de Zaratustra (especialmente de su Tercera parte). El tema está tomado de la mitología y de los presocráticos, pero en Nietzsche apenas si tiene sentido cosmológico. Sin embargo, en su último libro titulado La voluntad de poder intenta refutar la concepción lineal y teleológica del Universo: «Si el Universo tuviese una finalidad, ésta debería haberse alcanzado ya. Y si existiese para él un estado final, también debería haberse alcanzado». De este modo, Nietzsche afirma que no hay más mundo que éste, negando así el «transmundo» platónico y el «otro mundo» cristiano. Este es nuestro único mundo, y toda huida a otro mundo es una pérdida de la realidad. Por tanto, hay que permanecer «fieles a la tierra»;

«¡Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra, y no creáis a quienes os hablan de esperanzas sobreterrenales! Son envenenadores, lo sepan o no. En otro tiempo, el delito contra Dios era el máximo delito, pero Dios ha muerto y con El han muerto también esos delincuentes. iAhora lo más horrible es delinquir contra la tierra y apreciar las entrañas de lo inescrutable más que el sentido de aquélla! En otro tiempo el alma miraba al cuerpo con desprecio: y ese desprecio era entonces lo más alto: el alma quería el cuerpo flaco, feo, famélico. Así pensaba escabullirse del cuerpo y de la tierra» (Así habló Zaratustra, Pról., pp. 34-35).

El «eterno retorno» adquiere, entonces, un sentido axiológico (estimativo o valorativo): es la suprema formula de la fidelidad a la tierra, del «sí» a la vida y al mundo que pronuncia la voluntad de poder. Y Zaratustra es, justamente, «el profeta del Eterno Retorno». En esta fórmula une Nietzsche simultáneamente dos afirmaciones: 1) el valor o la «inocencia» del devenir y la evolución (a favor de Heráclito y contra el platonismo); 2) el valor de la vida y la existencia (contra cualquier doctrina pesimista). El eterno retorno simboliza, en su eterno girar, que este mundo es el único mundo (una historia lineal conduce hacia «otro» mundo); además afirma que todo es bueno y justificable (puesto que todo debe repetirse). La imagen de un mundo que gira sobre sí mismo, pero que no avanza —como una peonza—, es la imagen de un alegre juego cósmico, de una canción de aceptación de sí mismo, de bendición de la existencia. Nietzsche presenta a Zaratustra como un «danzarín».





La fórmula del eterno retorno expresa, pues, el deseo de que todo sea eterno, «el amor fati [amor al destino]: el no querer que nada sea distinto, ni en el pasado, ni en el futuro, ni por toda la eternidad» (ibid., p. 54). De este modo, la filosofía de Nietzsche se convierte en una filosofía afirmativa, a pesar de aparecer, tan frecuentemente, como una filosofía que sólo sabe decir «no» (sólo dice «no» a lo que Nietzsche considera negativo y destructivo).

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