lunes, 27 de abril de 2020

SEGUNDA PARTE: LA PROPUESTA NIETZSCHEANA



VITALISMO: EL MENSAJE DE ZARATUSTRA

Así habló Zaratustra es la obra fundamental de Nietzsche. En ella se contiene lo esencial de su mensaje. Nietzsche sustituye a Dioniso por Zaratustra, un nuevo y más poderoso símbolo. Pero, ¿quién fue Zaratustra?

Zaratustra —o Zoroastro, para los griegos– vivió entre los años 700-630 (o 600). Fue una especie de profeta persa oriental que a los treinta años recibió su primera revelación religiosa. Su doctrina se encuentra recogida en diecisiete cantos que forman la parte más antigua del Avesta. La parte esencial del mensaje de Zaratustra es un monoteísmo que contiene un dualismo: la lucha entre los dos “Manyu”, o «espíritus», el del bien y el del mal.











Nietzsche escoge la figura de Zaratustra, ya que ve en él al posible «creador de la nueva moral», invirtiendo su significación histórica, lo que le convierte en aquel que supera la moral (antigua, vieja, judeocristiana), en el que va «más allá del bien y del mal». Sin embargo, en su afirmación de la vida y de la voluntad de vivir, en su decir «sí» al mundo, Zaratustra representa lo mismo que Dioniso. Su gran enemigo es también Sócrates, Platón y todo lo que ellos representan. Sólo que ahora Nietzsche representa a ese enemigo en la civilización «cristiana». Dioniso contra Sócrates; Zaratustra contra el «cristianismo».

Así habló Zaratustra se divide en un prólogo y cuatro partes (compuestas en poemas sin enlace aparente). El prólogo presenta la antítesis del superhombre y el «último hombre». La primera parte desarrolla el tema del superhombre y la «muerte de Dios». La segunda se centra en la «voluntad del poder-. La tercera —núcleo fundamental de la obra— expone la idea clave del «eterno retorno-. La cuarta parte, centrada en el capítulo sobre los «hombres superiores», no añade casi nada nuevo. En conjunto, la obra, llena de alegorías y escrita con un estilo que la convierte en una joya de la literatura alemana, es de difícil interpretación. Las alusiones a la Biblia —que es la gran antítesis del Zaratustra— son continuas.


1.    El concepto fundamental: la Voluntad de Poder (Wille zur Macht).

El Nietzsche siempre enfermo nos confiesa que intentó sanarse a sí mismo y que «así descubrí de nuevo la vida […] y convertí mi voluntad de salud, de vida, en mi filosofía» (Ecce Homo, p. 24). El mundo, el hombre, la vida son voluntad de poder. Pero ¿qué significa esta expresión? Nietzsche no la define claramente en ningún sitio (nunca lo hace), pero se refiere a ella con mucha frecuencia. En primer lugar, no es la «voluntad» de los psicólogos (una voluntad abstracta e indiferente). Ni tampoco coincide con la «voluntad» de Schopenhauer. Tampoco es la «voluntad de verdad» del hombre teórico (simple reflejo pasivo del mundo); o la voluntad que busca el placer y evita el dolor (el dolor no es algo negativo, según Nietzsche: actúa como estimulante de la voluntad). Ni siquiera es, simplemente, una «voluntad de vida».
Al contrario, la vida es voluntad de poder, y esta última es la voluntad de ser más, vivir más, superarse, demostrar una fuerza siempre creciente, en una palabra, es voluntad de crear: «Soy aquel —dice Zaratustra— que es impelido a superarse a sí mismo constantemente». Y, más que una «facultad» del hombre, es todo el conjunto de fuerzas y pulsiones que se dirigen «hacia» (zur) el «poder» (tal y como se ha definido). No es correcta, pues, una definición estrictamente «biologista» de esta voluntad (Nietzsche critica a Darwin), ni menos todavía una interpretación política o racista. El texto del Zaratustra que mejor expresa lo que es la voluntad de poder se titula De la superación de sí mismo:

«En todos los lugares donde encontré seres vivos, encontré voluntad de poder; e incluso en la voluntad del que sirve encontré voluntad de ser señor. [...] Y este misterio me ha confiado la vida misma. Mira, dijo, yo soy lo que tiene que superarse siempre a sí mismo. En verdad, vosotros llamáis a esto voluntad de engendrar o instinto de finalidad, de algo más alto, más lejano, más vario: pero todo esto es una única cosa y un único misterio. En verdad, yo os digo: ”¡Un bien y un mal que fuesen imperecederos no existen!”. Por sí mismos deben una y otra vez superarse a sí mismos. Y quien tiene que ser un creador en el bien y en el mal: en verdad ése tiene que ser antes un aniquilador y quebrantar valores. Por eso el mal sumo forma parte de la bondad suma: mas ésta es la bondad creadora. ¡Hay muchas cosas que construir todavía! Así habló Zaratustra». (Así habló Zaratustra, II, Alianza, pp. 169 y s.).

El preponderante interés de Nietzsche por los valores morales hace que la voluntad de poder sea, en gran medida, voluntad creadora de valores (y aniquiladora de los anteriores valores). Pero en los fragmentos póstumos, esta voluntad posee también una dimensión cósmica:

«¿Queréis saber qué es para mí "el mundo"? […..] Es un monstruo de fuerza, sin principio ni fin, una magnitud férrea y fija de fuerzas que ni crece ni disminuye, y que únicamente se transforma; un juego de fuerzas y un mar de fuerzas tempestuosas que se agitan y transforman desde toda eternidad y vuelven eternamente sobre sí mismas en un enorme retorno de los años [...] Este es mi mundo dionisíaco, que se-crea-eternamente-a-sí-mismo, y que se destruye-eternamente-a-sí-mismo, sin meta. ¿Queréis un nombre para este mundo? ¿Y una solución para todos sus enigmas? ¿Queréis una luz para todos vosotros, los desconocidos, los fuertes, los impávidos, los hombres de media-noche? Este mundo es la voluntad de poder, y nada más que eso. ¡Sed vosotros también esa voluntad de poder y nada más que eso!» (La voluntad de poder, aforismo 1067; en la ed. Schlechta, |I, pp. 916-917).

Este texto sintetiza la «cosmología» de Nietzsche, de tipo vitalista y opuesta, por tanto, a la cosmología mecanicista. Introduce, además, en el segundo gran tema de su pensamiento: el eterno retorno.

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